El día de hoy se marca el final de un personal y largo camino para mi y el tema de la pena de muerte. A lo largo de mi vida adulta, he sido un firme creyente en que la pena de muerte es solo un castigo en muy raros casos y solo para los más atroces crímenes. Todavía creo eso.
Pero seis años atrás, cuando asumí el cargo de Gobernador del estado de Nuevo México, empecé a desafiar mis propias ideas en torno a la pena de muerte. El tema se volvió más real para mi porque sabía que llegaría el día en que una de dos cosas podría pasar: o tendría que tomar acción en torno a legislación que busca abolir la pena de muerte, o más desalentador, yo tendría que firmar la ejecución de una orden de pena de muerte.
Seré honesto. La perspectiva de cualquiera de las dos decisiones era extremadamente problemática. Pero yo fui elegido por la gente de Nuevo México justamente para tomar ese tipo de decisiones.
Como muchos partidarios que se tomaron el tiempo de reunirse conmigo en esta semana, yo he creído que la pena de muerte puede servir como desincentivo a alguien que pueda considerar asesinar a un policía, al testigo de un crimen o secuestrar y asesinar a un niño. Sin embargo, la gente continúa cometiendo crímenes terribles en la cara de la pena de muerte. Hay gente responsable de ambos lados del debate que están fuertemente en desacuerdo con este punto.
Pero con lo que no podemos estar en desacuerdo es con la finalidad del castigo último. Una vez que la decisión ha sido tomada y ejecutada, esta no puede ser revertida. Y es en consideración de esto que he tomado mi decisión final. He decidido firmar la legislación que deroga la pena de muerte en el estado de Nuevo México.
Sin importar mi opinión personal sobre la pena de muerte, no tengo la confianza en el actual sistema de justicia criminal para que sean el árbitro final en cuanto a la decisión de quien vive y quien muere por un crimen. Si el estado va a asumir esta inmensa responsabilidad, el sistema que imponga esta pena debe ser perfecto y nunca debe equivocarse.
Pero la realidad es que el sistema no es perfecto y está lejos de serlo. El sistema es inherentemente imperfecto, las pruebas lo han demostrado. Gente inocente ha sido puesta en la fila de la muerte en todo el país.
A pesar de los avances del ADN y otras tecnologías de evidencia forence, no podemos estar 100% seguros que solo los verdaderamente culpables sean sentenciados por crímenes capitales. La evidencia, incluída la evidencia de AND, puede ser manipulada. Los fiscales todavía pueden abusar de su poder, todavía no podemos garantizarle una adecuada defensa a todos los acusados. La triste verdad es que una persona equivocada puede ser sentenciada en este momento, y en casos donde la sentencia acarrea la sanción última, deberíamos de estar seguros que el sistema no tiene fallas ni prejuicios. Lamentablemente, se ha demostrado que ese no es el caso. Y me molesta mucho que las minorías estén sobre representadas en la población penal y en la fila de la muerte.
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Sí, la pena de muerte es una herramienta para reforzar la ley, pero no es la única herramienta. Para algunos potenciales criminales, la pena de muerte puede ser un desincentivo, pero no es, y nunca lo será para muchos otros.
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Desde un punto de vista desde el derecho internacional humanitario, no hay razón para que Estados Unidos deba estar detrás del mundo en este tema. Muchos países que continúan apoyando y utilizando la pena de muerte son también los más represivos. Eso no es algo como para estar orgullosos.
En una sociedad que valora la vida y la libertad individual por sobre todas las cosas, donde la justicia y no la venganza es el principio guía de nuestro sistema de justicia criminal, la posibilidad de una sentencia equivocada y, dios no lo permita, la ejecución de una persona inocente se yergue como una contradicción a nuestra sensibilidad como seres humanos. Es por eso que estoy firmando esta ley.